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Gusti: El hombre águila

Conocía a Gusti por sus colaboraciones como dibujante en Revista Orsai, pero nunca antes lo había visto en persona, por eso me sorprendí cuando apareció en el stand de la Feria del Libro con sonrisa de barba blanca y me saludó como un viejo amigo. A su porte de caballero español sólo le faltaba la armadura para transformarse en un moderno Rodrigo Díaz de Vivar. Pero apenas abrió la boca comprobé que no hablaba castellano antiguo ni había sido desterrado.

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Es argentino y de apellido polaco pero casi no responde al nombre de Gustavo Rosemffet, hasta su mujer le dice Gusti, y sus hijos a veces lo llaman papá. En porteño atravesado por la distancia, esa tarde de mayo me contó que estaba trabajando en su nuevo libro, el más personal de todos. Mientras hablaba, abrió el cuaderno que tenía bajo el brazo y mostró su tesoro: la historia en dibujos de “Mallko y papá”. Mallko que significa águila-cóndor en quechua, tiene cinco años, es su segundo hijo y tiene Síndrome de Down.

-Cuándo yo supe lo que él tenía me derrumbé,  no lo aceptaba. Y el que me hizo entender todo fue Théo, mi otro hijo que en ese momento tenía ocho años. Me dijo: “sea rojo, amarillo, violeta o del color que sea, es mi mejor hermanito y lo voy a querer igual”. Ahí me cayó la ficha.

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Desde una confitería en la zona de Belgrano, continúa el relato interrumpido, a pocas horas de cruzar el océano para regresar a su hogar en Barcelona. Las pupilas oscuras brillan con el recuerdo.

-Me quería enterrar vivo. Ahora lo miro y me siento estúpido, ¿Por qué la gente los aborta? ¿Cómo les pueden tener miedo a esos angelitos?

A diferencia de él, su mujer lo aceptó desde el principio, ni siquiera se había realizado una prueba en la que se podía detectar cualquier anormalidad, él podría haber insistido pero tampoco lo hizo. “Miro para atrás y pienso que estaba todo escrito.”

“Mallko y papá” formará parte de la colección Proyecto Embudo que  se inauguró con libros de contenido gráfico y autores talentosos como Tute, Alberto Montt, Pedro Mairal y Jorge González. El material no tiene guión pero los dibujos a bolígrafo contienen pequeñas  anécdotas y explicaciones.

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-Agarro los cuadernos en donde dibuja él y hay garabatos, ahí escribo cosas, pensamientos. A veces voy al parque y me llevo el lápiz y me pongo a dibujar, o toco la guitarra, al Mallko le gusta mucho la música. Va a la escuela, es rompebolas.

También dibujo a los Mallko grandes, hay un centro para discapacitados mentales cerca de casa, llamado Jeroni de Moragas, allí  colaboro con un grupo que trabaja como en una fábrica envasando cosas pero ahora con la crisis tienen más tiempo libre y yo voy a pintar y dibujar con ellos y de paso los dibujo. A mí me cambió mucho eso como persona. Cambió mi dibujo, antes era más prolijo, buscaba la belleza, ahora cada vez el trazo es más despojado.

Antes

Antes Gusti era otro hombre. Uno muy joven que después de trabajar en la ilustración de revistas infantiles y la animación de programas de televisión en Argentina, se fue a Europa porque tenía ganas de aprender idiomas y ver cómo era vivir en el extranjero. En realidad quería ir a Estados Unidos y no consiguió el visado, así que viajó a Francia en 1985 sin ninguna preparación.

-Me fue fatal. No conocía a nadie, ni el idioma, había aprendido cuatro palabras en francés. Yo quería trabajar para unas editoriales que me gustaban y no funcionó. En el albergue donde me alojaba conocí a un español que tocaba la guitarra, íbamos con él y tocábamos boleros y canciones de los Beatles en el Metro. Después me fui a España, tenía un contacto en Barcelona que me resultó bastante inútil, me dejó tirado.

A los dos meses de haber llegado, ya había aprendido el catalán, mal, pero le servía para comunicarse.

Hace una pausa para tomar el enorme licuado de banana que pidió, con la conciencia de que es el último por un tiempo largo. En Barcelona no lo sirven así -dice- y lo saborea como parte de su ritual de despedida. El dibujante se siente extranjero en todos lados, parece disfrutar de su condición cosmopolita.

– Aquí  me preguntan si soy español. En España digo “hola” y soy argentino.

Dice que no le da vergüenza equivocarse en otros idiomas, que en su casa se hablan las cuatro lenguas oficiales del reino: castellano, francés, argentino y catalán.

-Mi hijo tiene acento español, pero con términos argentinos. Si habla conmigo dice “plasha” playa “posho” pollo, y el código argentino lo entiende perfecto. La francesa habla más argentino que yo.

La francesa es Anne Decis, a quien conoció en una Feria del Libro europea por una amiga en común. Artista como él, hoy comparten la vocación, el amor y la familia.Y la sociedad parece funcionar.

Amigo de los dibujantes argentinos Jorge González y Horacio Altuna, entre muchos otros, Gusti integra la Legión Extranjera que desde España comparte con el resto de los mortales, su destreza para componer historias, personas y sueños dibujados. De sus libros, se destaca “La Mosca” que fue un hit y tuvo repercusión en el público infantil.

-Me inspiré una vez que estaba Théo en el wáter y me llamó para limpiarle el culete, vi una mosca atrapada en  el agua y me imaginé que para una mosca un culo debía de ser grande como la nave alienígena de “Independence Day” -lo cual comprueba que las musas pueden llegar en cualquier momento y hay que estar preparado.

En “Medio Elefante”, hace un collage con herramientas y objetos de la construcción, y “Papá estuvo en la Selva”, es un relato que tiene algo de sus experiencias, pero con las exageraciones propias de la narración de un niño. Está ilustrado por su mujer y fue publicado por “Pequeño Editor”. En todos ellos se destaca la imaginación y la mirada humorística que lo caracteriza.

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Arte transformador

Para Gusti, el arte puede generar cambios pero se trata de un proceso que se relaciona con la toma de conciencia. Entre la crisis europea y el ruido de Buenos Aires, es difícil ver el sonido auténtico, lo que se tapa.

-Creo  que tiene que ver con un sistema que está obsoleto, no funciona. Estamos en un barco, al final el agua les llega a todos. cuando tocan la sanidad y la educación. Cuando ves que la gente se muere por dinero, es una especie de hipocresía, me da rabia.  Por otro lado, ¿qué podes hacer? Cultivar, nunca mejor dicho, yo tengo mi huerta, mis verduras, mis plantas, es una forma de cuidar el espacio, el agua.

-¿Te ubicás dentro de alguna ideología política?

-Ninguna, si me tengo que ubicar lo hago en la izquierda. Es un discurso más acorde al mío pero en la realidad son todos iguales, izquierda o derecha cuando se suben al poder actúan bajo un mandato supremo que es el mercado financiero y no pueden hacer nada o no quieren y los que pagamos el pato somos nosotros. Pasa en todo el mundo lo mismo. Hasta que algún día estalle. Para mí va a venir un cambio, como dicen los mayas.

-¿Cómo ayudás a que haya algo mejor desde el arte?

-Soy una ONG con patas, el dibujo es muy potente. Hay dibujantes que sostienen las marchas en España. Yo trabajo en un ámbito más infantil, doy talleres, voy a los colegios, y reivindico el poder del dibujo. Creo que es mi contribución, hacer que la gente grande dibuje un árbol, pajaritos, que construyan algo. Ésto me permite viajar, ir a comunidades rurales, indígenas.

Gracias a compartir su vínculo con el arte pudo conocer el mundo de otra manera y descubrió las raíces de una Argentina más profunda.  También estuvo en Chiapas. Aprovechó la invitación a una charla en el salón del Libro en México para luego  vivir una temporada con los Tseltales. Estuvo con los  “batsil winik”, los hombres verdaderos.

En la Universidad Metropolitana había conocido al artista Andrés Moctezuma, que dedica su vida a trabajar con las comunidades indígenas de Chiapas y Guajaca. Dictaba talleres de serigrafía, a la vez que se involucraba con proyectos sobre medio ambiente. Se hicieron amigos y Gusti le propuso enseñar dibujo en los talleres comunitarios. Fue un intercambio cultural, lo apasionaba enseñar y aprender de ellos.

También  conoció a los Lacandones, que son más cerrados y no quieren recibir mucha gente de afuera porque desean mantener la identidad. Pueden hablar español, pero los mayores prefieren usar su propia lengua.

Dice que fue clave ir con el corazón abierto, por eso lo aceptaron. Daba clases en la biblioteca, una casita a la que denominaban “sembrando sabiduría” porque no tenían una palabra para definirla. A él lo bautizaron Muk ul xic, pájaro grande o águila grande, por su afición a los pájaros. Hacía collage con plantas y ramitas, y con sus dedos largos tomaba el lápiz para dibujar la gama de verdes de la selva y la energía de los nativos que se dejaban retratar.

Le llamó la atención que todos los chicos hablaban de un duende que hacía bromas, una especie de ser mitológico al que dibujaban igual, como si lo hubieran visto. Pero él no se lo cruzó nunca. Hubiera sido una experiencia interesante.

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El silencio de la montaña

Al igual que los Tseltales, Gusti entró en el mundo de las plantas de poder. Pero no fue en México sino en Ecuador donde empezó a trabajar en la selva con el tema de la conservación de las águilas. Así conoció el significado de las prácticas espirituales en las que el hombre se entrega a la naturaleza para buscar sabiduría. Y aunque era bastante escéptico, un sueño hizo que reflexionara, entonces decidió que si las plantas eran para él, iba a dejar que lo encontraran. La primera vez fue en el 98’ y luego llegaron  las ceremonias y la “búsqueda de la visión”, un compromiso que asumió durante ocho años en los que los días de ayuno se hicieron cada vez más extensos hasta completar treintaitrés. Y por último cuatro años de apoyo a sus compañeros de ruta en Uruguay, el lugar elegido para depurar el organismo y el alma rodeado del silencio respetuoso de los árboles.

-¿Qué buscabas a través de eso?

-Abrir el corazón, ser mejor persona. Conectar con los ancestros, con los elementos como el aire, el agua y el fuego. Es un camino sanador, potente. En la  tradición  se dice que cuando subes la montaña puedes cometer errores pero cuando llegas a la cima allí te encuentras con los abuelos, las plantas de poder y  una vez que tomas contactos con ellos, cambiás. Sos consciente de lo que hacés y lo que sos. Podes hacer cagadas en tu vida  al bajar la montaña pero ya eres consciente. Se camina con humildad, con sinceridad, con integridad y voluntad, se hacen rezos para hacerlo de esa forma.

-¿Y eso qué relación tiene con los cóndores de los que me hablabas antes?

-Tuve la suerte de conocer a Luis Jacome, que es quien preside la Fundación Bioandina. Es el  Director Técnico del Área de Conservación del Zoo de Buenos Aires. También es mi padrino. Hace un trabajo increíble para devolver al cóndor a sus lugares de origen, y para cuidarlos de los que los cazan o le ponen veneno. Todo este trabajo no se podría llevar a cabo sin la colaboración de la gente del lugar, que tiene una relación ancestral con el cóndor y  una cosmovisión. En septiembre vuelven  a liberar en Pailemán, cerca de San Antonio Oeste.

Gusti se enciende y le pone pasión a las palabras. Mueve sus manos, gesticula. Rodeados de edificios y autos, nuestras mentes viajan a  miles de kilómetros.

-Yo empecé a dibujar y hacía libros infantiles, y en Francia en una exhibición de vuelo de águilas me enamoré de ellas. Vi un hombre con el guante y dije que si volviera a nacer, me gustaría ser ese hombre. De repente, como si fuera una película, me encontré al año siguiente delante de mucha gente, volando las águilas. En un lugar del norte de Cantabria, en un parque de semi libertad que tienen las águilas, me hice muy amigo del pibe, un  tío de campo con el que conectamos, él trabajaba con una bióloga que estudia al águila harpía  en Sudamérica. Estudié mucho sobre aves, viajé, dibujé, mi biblioteca estaba llena de libros de águilas. Me entró como una sobredosis, las observaba en el campo. Pero un día entendí que las tenía que mirar de forma más espiritual, ahí fui a la selva.

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Atravesar la tormenta

-Yo era muy desconfiado hasta que un día me golpearon adentro y abrí, sentí que había una conexión, un gran espíritu que mira a los humanos y ve el camino que te toca, y si te toca, te toca. Y así a mí me tocó  un águila, que te ayuda en tu camino. Me metí en el camino del águila que es un camino muy guerrero, me metí ahí sin saber que toda esa preparación sería para poder recibir ayuda con Mallko. Tenemos que preguntarnos qué hacemos acá, no estamos para tener diplomas sino para tener experiencias en ésto que es la vida, se están tejiendo redes en todo el mundo, de conciencia, de amor. Cada uno tiene su tiempo de maduración, algunos lo entenderán más tarde o más temprano. La enseñanza de vida no está solo en los buenos momentos, también en los malos. No todo es luz, la luz existe porque hay oscuridad, no digo que tenés que pasar todo el tiempo por cosas chungas, pero hay que experimentar.

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Gusti comenzó a usar las redes sociales para difundir su trabajo y donde quiera que vaya cumple con su misión. Compartir el aprendizaje va más allá del simple intercambio de datos, porque las técnicas “las podés aprender con tutoriales”. Durante su visita a Buenos Aires fue invitado a dar una charla en la Facultad de Diseño de la Universidad de Buenos Aires. El auditorio, compuesto por mas de trescientos estudiantes que tal vez esperaban un encuentro más tradicional, conoció el proyecto que tiene a Mallko como protagonista.

El hombre que era ya no es. Dejó atrás la piel vieja y se transformó en otro que utiliza el arte, no sólo para contar la belleza del mundo sino para difundir su propia historia. Una historia que él decidió compartir porque tal vez hacerlo ayude a cambiar algo. Con el apoyo de la Fundación de Síndrome de Down de Barcelona, ha colaborado en otro libro que es una guía para padres, y en sus hojas estará impresa la esperanza.

-Es que están extinguiéndolos, hay un montón de padres que desde que saben que su hijo tendrá el Síndrome de Down abortan. A mí me preguntan el grado de atraso que tiene y eso no es lo que importa. Me dicen que no pueden hablar de muchas cosas porque no entienden, y si analizas cuantas pelotudeces decimos al día que podríamos ahorrarnos, deberíamos aprender más de ellos. Una vez me contaron esto en una ceremonia y está en la primera página del libro, dice así:

“En la tierra hace mucho, mucho tiempo había una tribu que vivía en paz y armonía,  y eso  al hombre le dio mucho miedo, y por eso empezó a encerrarlos hasta casi hacerlos desaparecer, entonces cada cientos de niños que nacen, viene un chico con Síndrome de Down para recordar la memoria ancestral de cómo vivían en la tierra”. Para mí ellos son maestros que hablan desde los sentimientos.

“La gente le tiene miedo al agua y se encorva, el hombre de campo no, deja que el agua lo moje, es un aprendizaje, no pasa nada. Tenés que pasar la tormenta. Vivirla aunque la vida sea dura” dice el hombre águila y emprende el vuelo que lo llevará a su tierra.

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Muy pronto “Mallko y Papá”

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