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Tute: “Soy un cantautor que no canta”

Tute es Juan Matías Loiseau. De Matías a Matute, bastan tres pasos para que la deformación cariñosa del nombre identifique a uno de los mejores dibujantes argentinos que el próximo año piensa festejar sus veinte años con el humor. Lo hará cerca de la fecha de su primera publicación oficial, pero la semilla del dibujo comenzó a sembrarse mucho antes, cuando apenas alcanzaba la altura de la mesa de trabajo en la que su papá Carlos Loiseau (Caloi), todos los días le daba vida a Clemente.

O quizás, la pasión es todavía más temprana, porque estaba escrito en sus genes que el hijo de un humorista gráfico y una artista plástica tomaría la posta del lápiz y resignificaría la tarea con vuelo propio.

Tute

El departamento de San Telmo con patio cerrado -dice- ya les queda chico. Entre sus proyectos, está el de mudarse a zona sur para alejarse del hormiguero de la capital.  Aunque la infancia de sus hijos sea muy diferente a la que él tuvo en José Marmol, volver a zona sur es una forma de conectarse otra vez con la impronta barrial. Escaleras arriba, suena el volumen alto de un canal infantil. Su mujer, Pilar, más tarde aparecerá con Olivia, la beba sonriente que hace cinco meses vino a completar el ensamble perfecto de la familia actual que conjuga “los tuyos, los míos y los nuestros”.

Es alto Tute. Debe medir más de metro ochenta y su herencia física es innegable. Es que Caloi lo marcó en varios aspectos, no sólo en la vocación artística que se disparó a otros ámbitos más allá del dibujo, sino también en cierta actitud corporal. Las fotos de archivo muestran una similitud en la pose arrabalera y la mirada a cámara, la réplica de ojos oscuros, la continuación espejada del ADN que sobrevive a la muerte.

 Dios

20 años es mucho

-¿Si tuvieras que poner momentos importantes de estos veinte años, que se te viene a la cabeza?

-El primer laburo en un diario es importante. Mi desembarco en la primera plana nacional, eso fue una gran alegría. Además, que ese espacio me lo gané por un concurso, la gente tenía que votar.

El concurso era en el diario La Prensa y le permitió empezar a publicar con regularidad. Fue, según él, su ensayo de humorista gráfico diario y no le pesó el nombre, porque ni siquiera contó de dónde provenía. Nunca tuvo la necesidad de decirlo, ni se lo preguntaron, no hizo falta. Después continuó en El expreso Diario, y de ahí La Nación, entró a la revista a fines de diciembre del 98’, y al siguiente año sumó al diario.

También se acuerda del impacto grande que fue empezar la escuela de Garaycochea, conocer a Ferro y encontrarse con pares, gente con las mismas inquietudes, “con el mismo “berretín”.

Eso fue a  los diecisiete o dieciocho. Antes, en la escuela era el que dibujaba, el autodidacta que aprendía mientras copiaba dibujos de otros, salvo que esos otros eran por ejemplo, Quino, Caloi y Fontanarrosa. Por eso cuando llegó a la escuela con su carpeta, Garaycochea lo puso en segundo año.

Bastante contento

Influencias y homenajes

-¿Hubo algún momento de rebeldía de no querer parecerte a tu papá?

-En un momento se me hizo pesada la influencia grande que tenía en cuanto a lo estilístico. Entonces hice un intento fallido por dejar de parecerme, fue doblemente fallido porque por un lado si bien lo que produje fue un dibujo muy distinto al de él, también era muy distinto al mío. Estaba irreconocible incluso para mí, fue un movimiento torpe. Esos procesos son lentos, demandan lo que deban demandar y hay que tener paciencia. Si uno se toma este trabajo en serio y persevera, se va encontrando a sí mismo.

La otra vez me mandaron la página del 99’ o 2000, y no tiene nada que ver con lo que hago. Era un pibito, parecerme a mi viejo me daba seguridad, porque funcionaba, era alguien además a quien admiraba artísticamente. Después me empecé a encontrar con mis propios intereses, diferencias, algunas similitudes que aún conservo pero ya dicho desde mi propia voz, de esa manera salen mis personajes.

Desde su muerte en mayo de 2012, la figura de Caloi fue recordada por amigos, compañeros y público que lo homenajeó de varias maneras. En el Paseo de la Historieta se inauguró una escultura de Clemente sentada en un tablón, con la leyenda que lo hizo tan popular durante los mundiales. “Tiren papelitos muchachos” y es inevitable imaginarlo en la voz cascada que Pelusa Suero hacía para la tele. Hace poco inauguraron un jardín en Tigre y le pusieron Caloi.

Tute no siente la necesidad de hacer un homenaje artístico.

-El que se murió fue mi papá y no Caloi, él es un gran artista a quien admiré muchísimo y aprendí, pero no siento que él pueda llegar a  esperar de mí un homenaje. Él estaba orgulloso de mí como dibujante, no desde un punto de vista artístico sino porque soy el hijo. Aunque me hubiera dedicado a otra cosa, si hubiera sido carpintero, estaría orgulloso de las sillas que hago. Sé que le reconfortaba y le reconfortaría saber que sigo en ésto, sigo en la tradición de un estilo de humor que al menos tiene una pata en el humor tradicional. La otra la saqué y la metí en la cosa más moderna.

Clemente by Tute

En el jardín Caloi 

Humor con sello de autor

-Sos parte de una generación sub 40 de dibujantes que no es tan tradicional.

-Que nos hemos tomado el espacio de humor como algo más personal, menos limitado.

-¿Tiene un objetivo? ¿Lo hacen para que la gente piense o porque les sale de esa forma?

-Yo lo tomo como un espacio de libertad sin olvidar que soy un humorista gráfico, que debe intentar mover a la risa pero un espacio en el que me pueda dar licencias como autor, no soy muy amigo de la ida de: “en lugar de un chiste mirá que interesante esta reflexión”. Si sale así, se da, pero me interesa que la gente se ría, que la pase bien y que pueda disfrutar de otra cosa que es de mi interés, como es la poesía, el absurdo o algún experimento que se me ocurra.

Defiendo el humor de autor, no al servicio de una línea editorial en donde se ve al tipo que lo está haciendo. Como es el humor de Quino, de mi viejo. Intento cultivar eso, que tenga que ver con mis intereses, es más personal como producto y más interesante para mí. Es un trabajo, un oficio, la posibilidad de exorcizar fantasmas, la posibilidad de contar mis dudas, mis alegrías, mis inquietudes, aunque sea sutilmente, lateralmente, metafóricamente, como me gusta hacerlo.

-La gente te termina conociendo también por eso.

-De alguna manera, aunque nadie me termina de conocer. Yo siempre digo que con las páginas dominicales se podría hacer una sutil autobiografía, no una ciento por ciento porque ciertamente no me sucede todo lo que le pasa a mis personajes. Uno trabaja con la observación, no sólo con lo que le pasa.

Lo que te puedo asegurar es que es genuino el interés, de las que hablo son las que me interesan. Incluso desde un punto de vista superficial, si tengo ganas de cagarme de la risa sobre una cosa delirante como un astronauta, hago un chiste sobre uno. Y otras veces, cosas que se me han hecho más carne, aunque después la resolución siempre sea más metafórica o lateral.

-Por ahí tan lateral que no se llega a captar y cada uno le da la interpretación que quiera.

-Eso es lo que me interesa, que cada uno se mire en ese espejo.

No conozco una generación nueva de dibujantes ¿Hay autores para recomendar?

-Humoristas gráficos hay muy pocos. Pocos en la gatera, pocos trabajando. Que defiendan los principios de autor, no el humor sobre políticos de turno. No se ve quién está detrás de ese personajito, qué piensa. Ves las tiras de Rep y podes adivinar su intención política, su ideología. Lo mismo con Quino, con mi viejo. Y veo pocos jóvenes, no sé si es que me llega poco a mí. Pero siempre parece que no, que todo es peor que antes, y aparece algo nuevo o seminuevo, o reciclado y puesto en escena.

Me gustan mucho los cuadritos de Diego Parés, lo que hace en La Nación, es muy gracioso. Te voy a hablar de mi generación, de mis amigos. Tengo ganas de ver de nuevo las páginas de Max Aguirre, aquellas de los Resortes Simbólicos, páginas poéticas y lindas o los dibujos polaroid, que hacía. Iba a un lugar y después dibujaba esa escena y los personajes con haberlos visto unos minutos.

Me gusta lo que está haciendo Jorge González, que sacó un libro en Orsai y dirige la colección, del Proyecto Embudo. Fueye me pareció maravillosa.

Cajitas

La niñez de Batu y el reflejo de la luna

-Me interesa hablar sobre la infancia del dibujante. Sé que creciste en José Marmol. ¿Qué aportó eso para hacer a Batu?

-Muchísimo, Batu tiene mucho de mi infancia. Es una infancia pre-computadora, así que es con juegos, la vereda, el parque, que le echaba mano a la imaginación. Con dos o tres maderas, una silla acostada, era una nave espacial con la que uno se pasaba la tarde entera.

-Ahora son otros juegos, los chicos se enganchan igual con las tiras, pero por ahí juegan a la play.

-Por eso lo puse a Boris, para que  tuviera un poco más de actualidad la tira con respecto a los juegos de los chicos de hoy, de Capital Federal, de departamento. Porque Batu no sólo tiene los juegos de mi infancia, sino los que se podían hacer en un barrio suburbano, más verde, menos autos. Boris viene a equilibrar la balanza, con su celular, su conexión.

-Me llama la atención en tus trabajos como una cuestión medio tanguera.

-Puede ser, el tango es algo que me gusta mucho, evidentemente hay algo de la melancolía o la nostalgia que me atrae. No me considero un tipo que vive evocando el pasado como el mejor lugar y tiempo, no me pasa. En general siempre pienso que el mejor momento es el actual, pero evidentemente me atrae la potencia poética que tiene y lo uso como una herramienta. Sí, me gusta la evocación, una manera maravillosa de la poesía. Es una reconstrucción y una metáfora en sí misma.

-Escuchaba Luna de Abril y veo que siempre dibujas lunas. ¿Qué relación tienen con vos?

-Me encantan las lunas, tan sencillo como eso, siempre fui amante de la noche. Me gusta dibujarlas, deformarlas, ampliarlas, darles una presencia importante.

-La sensación de soledad o reflexión del hombrecito frente a la luna enorme.

-Parecen menos cosa todavía el hombre frente a esa luna acostada.

Luna

Dibujos en terapia

-¿Y los bocetos? ¿Qué hay en eso de los procesos incompletos?

-Bueno eso es una cosa que terminó de perfilarme en mi estilo. Hubo un momento importante que fue cuando decidí empezar a publicar los bocetos, colorearlos y publicarlos. Me encantó porque me pasó que todo lo que quedaba en mi mesa me gustaba más que los originales.

Lo que yo mandaba a la revista, la idea pasada de lápiz a tinta, con hoja de mejor calidad,  pintada a mano o escaneada, me gustaba menos que lo que quedaba en mi mesa, un papelito “cualunque”, arrugado en mi mesa de trabajo. Entonces un día invertí el orden, escaneé el boceto, lo pinté y lo mandé, lo aceptaron y al domingo siguiente hice lo mismo, incluso con tachaduras. Me pareció que de esa manera conseguía una cosa que tenía que ver con la espontaneidad y con algo que se pierde indefectiblemente en el traspaso del boceto al original, lo gestual. Un personaje por más nimio que sea tiene un algo, un gesto, una potencia, que después se diluye en el original, porque ya estás cuidando que se parezca, que se entienda, y de alguna manera con el boceto, estás trabajando de manera inconsciente, es una búsqueda de las ideas. A veces no llego a ningún lado, a veces parece que estoy yendo a un lado y voy a otro.

-¿Y pintas cuadros?

-¿En bastidores? No, nunca. Me encanta la idea, en algún momento lo voy a hacer, alguna vez hice una cosita pero nada serio, ni nada sostenido en el tiempo. Lo dejo para la vejez.

-¿Siempre es placentero dibujar o alguna vez sufrís con las entregas?

-En general es placentero, pero hay veces que estoy muy apurado por distintas cosas o no sale el dibujo y tenés poco tiempo no sale la iglesia que tenés que dibujar, la búsqueda del dibujo con poco tiempo es angustiante. Pero en general es placentero.

-¿Qué me podés contar de Tuterapia? Sé que hiciste muchos años de terapia.

-Sí, es un libro que me gusta mucho y me gustó hacer. Tuvo un momento en el que creció, creció en volumen, en cantidad de páginas y creció como libro.  Al principio iba a ser un libro relacionado con el trabajo en el consultorio y la verdad es que me aburrió armarlo a mí, me imaginé el aburrimiento de la gente al leerlo y cambié de opinión. Decidí incorporarle las páginas de las cosas que uno lleva a la terapia, en general tiene que ver con las relaciones familiares, amorosas, amigos.

-¿Hiciste estudio de campo con tus amigos?

-Yo sé lo que llevaba a terapia. Y también las preguntas, las páginas con los personajes preguntándose, sintiendo el peso del paso del tiempo. Fui mechándole a estas páginas lo relacionado con el consultorio, con las vivencias.

-¿Te diste de alta?

-Sí, me auto di de alta. Empecé a ir a los 18 por curiosidad, fui durante muchos años a la misma psicoanalista y lo tomaba como un espacio de reflexión, para resolver temas importantes y a veces para ir y pensar.

-Y te diste cuenta de que podía servir como un libro también.

-En realidad fue al revés. Como te dije, todo lo que me interesa termina siendo dibujado. Entonces era natural que aparecieran muchas páginas relacionadas con el psicoanálisis, en un momento me di cuenta de que tenía un montón de páginas sobre el psicoanálisis y dibujos sobre el amor y las relaciones de pareja. Si me gustase especialmente, no sé…

-La danza.

-Entonces tendría un montón de chistes sobre danza y sacaría un libro sobre ese tema.

Siempre laburé

El amor es un perro verde y más proyectos

El Amor es un perro verde pasa por todas las instancias del amor. Publicada por Editorial Orsai, como parte del Proyecto Embudo, es una selección de cien páginas relacionada con un tema que nos involucra a todos. Las situaciones cotidianas, los deseos, las ilusiones y los desencuentros, provocan una identificación inmediata. ¿Quién no perdió la cabeza alguna vez por amor?

-¿Por qué tratar ese tema? ¿Existe el perro verde?

-Siempre me acordaba de una frase popular que dice “raro como perro verde” entonces viene a contar un poco eso, que el amor es algo extraño, y extraño se lee de varias maneras: raro, infrecuente, milagro esquivo como puse en alguna página.

Hace muchos años hice una página que era un tipo que desde el primer cuadro buscaba el amor, había comprado flores, se puso un piloto para disimular, desandó su camino y fue preguntando si habían visto al amor de su vida, y todos le daban distintas indicaciones y no lo encontraba, hasta que un tipo le dice: “siga a ese perro verde”. Entonces lo sigue, el perro se da vuelta y le dice:

-¿Usted me está siguiendo?

-Sí, no quiero incomodarlo.

Al final del cuento el perro le dice, “mire, si lo que usted está buscando es al amor de su vida persiguiéndome, le tengo que decir que está perdiendo el tiempo”. Esa página debe tener quince años, fue la primera aparición del perro verde, así que la redibujé, la hice doble y la puse en el centro.

-¿Es esperanzador el mensaje?

-Al principio cuando lo pensé, fue como que es raro en tanto como que es extraño, difícil de explicar, no como que no existe como el perro verde. Es tan complejo que es muy difícil.

Fijate que no hay frases que lo expliquen, ninguna da con todo el universo. El perro verde era una linda metáfora, poética y humorística.

Perro verde

-¿Cuáles son tus proyectos?

Lo que estoy haciendo son canciones. Ahora en colaboración con músicos, con Jaime Torres, la música me pasó él, una con Antonio Tarrago Ros, otras con Hernán Lucero. Y muchas otras mías, música y letra. Soy una suerte de cantautor que no canta.

-¿Cantás mal o te da vergüenza?

-Canto mal y me da vergüenza, todo. Por eso, si no fuera dibujante y hubiera tenido cierto talento para el canto, hubiera sido cantautor. Mi última definición que me gusta es esa, que soy un cantautor que no canta. Y eso es lo que voy a hacer en el disco, jugar en ese universo que es un poco ajeno que es la música y divertirme.  Y de paso llamo a gente que admiro muchísimo para que interprete las canciones.

Estoy haciendo a Batu para la tele, unos micros para Paka Paka que empiezan en julio, son trece capítulos. Todos los personajes, con voces de niños.

Tengo ganas de hacer una historieta larga, después veo que terminación le doy. Un ejercicio como el de las páginas dominicales. En lugar de hacerlo en una página autoconclusiva, que sea una historia larguísima, delirante que se me vaya dando todos los días sin un arco argumental. Una sola idea inicial muy sencilla, un tipito que sale de su casa y uno que vuelve y en el medio lo que salga. Uno que se propone robar un banco, el argumento que sea lo menos importante, que sea absurdo.

Libros

Antes de la despedida y la foto, cuenta algunos de los preparativos para la fiesta de los veinte años. Está componiendo canciones para grabar un CD, y el día del evento, invitar a  gente que admira para que las canten en vivo. También la idea de un libro le ronda la cabeza, “un librote” que contendría algunas de sus mejores tiras.

Va a ser difícil el proceso de selección. No va a haber libro que alcance para resumir tantos años de  talento, poesía y humor.

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Alberto Montt: el hombre de las narices largas

Cada vez que Alberto Montt visita Argentina siembra indicios para descubrir quién se esconde detrás del blog Dosis Diarias. Como si fuera un personaje de los que dibuja o tal vez un rompecabezas de todos ellos, para comprenderlo conviene empezar por mirar la totalidad de su obra y dejarse llevar por un juego que apunta al intelecto.

En 2011 presentó en la Feria del Libro ¿Quién es Montt? de Ediciones de la Flor y con la segunda publicación reforzó el vínculo con el público. Fue el protagonista de conferencias y espectáculos: su charla en el evento TED Joven Río de la Plata ganó la risa de un auditorio conformado por 1400 entusiastas sub 20.

En medio de tanto best seller espiritual, ¡Mecachendié! no promete felicidad ni brinda técnicas de autoayuda, suficiente motivo para prestarle atención.

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Alberto Montt es un ecuatoriano que adoptó Chile o un chileno de Ecuador. Así como es difícil determinar su origen por su extraño acento neutro, también su estilo es una mezcla de aquello que absorbió cuando era chico y luego desarrolló hasta transformarse en una marca personal.

Nacido en Quito el 22 de diciembre de 1972, se crió en Tandapi un pueblo cercano a Santo Domingo de los Colorados. Lo anotaron en la embajada de Chile, pero  hasta los veintisiete vivió en Ecuador. La literatura recreativa llegó tarde a su vida, recién a los 21 leyó su primera novela en un viaje a Alemania y dijo “guau, ¿ésto es lo que todo el mundo lee?” Era Cien Años de Soledad. Antes de eso le fascinaban las enciclopedias de biología y los diccionarios. Su infancia transcurrió en una zona de campo, sin televisión, por lo que su contacto con el exterior se basó en las revistas que le compraba su padre.  No es de extrañar que se iniciara en el dibujo copiando todo lo que caía en sus manos. Sus referentes eran las tiras Condorito de Pepo y Mafalda de Quino, aunque todavía no entendiera las reflexiones adultas de la nena politizada.

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Aeropuerto de Ezeiza. Es lunes y la bruma casi londinense que se extiende por el suelo porteño amenaza la programación de los vuelos.  Mientras Alberto espera el que lo devolverá a tierras chilenas, recuerda la época del colegio en la que por lo general los alumnos cambian los crayones por los libros escolares. “Siempre dibujaba. Los profesores no me decían nada porque tenía buenas notas” Montt versión adolescente estaba del bando de los victimarios. “Desde el lenguaje, era más del grupo de los golpeadores que de los golpeados.”

Al momento de definir la carrera, sus intereses iban desde la Biología Marina hasta la Abogacía. El legado de su familia materna tuvo peso para que estudiara Artes Plásticas. “Fue un fracaso, a los tres años me salí y yo quería dedicarme a nada.” Pero su madre lo inscribió en Diseño Gráfico, tenía veinte años y no estaba seguro de lo que quería, así que no se opuso. “Era fácil y de alguna u otra forma entendí que podía aplicar lo que a mí me gustaba, lo que yo no sabía es que se podía vivir de dibujar.”

Cuando terminó, ya tenía experiencia en una oficina de diseño. “Quito es un pueblo, si tienes contactos, y conoces al primo del amigo del hermano de tu cuñada, siempre trabajas.”

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Presentó su primer emprendimiento en una compañía de Ecuador: remeras pintadas destinadas a turistas, que su dueña no aceptó. Según cuenta, ese rechazo fue un momento fundacional, ella le regaló un libro del dibujante norteamericano Gary Larson por encontrarles un estilo similar y le voló la tapa de los sesos.

La manera de Larson de transmitir una idea en una viñeta lo alentó a pensar en el camino de la ilustración. Trabajó en el ambiente del diseño hasta que se cansó de dibujar para otros y comenzó a hacerlo por puro gusto, que es como mejor salen las cosas.

 El ritual del Libro

 Durante la última Feria del Libro, Malena Pichot fue la encargada de presentarlo y escribir el prólogo del libro en donde cuenta cómo se conocieron en su show de stand up, y la sorpresa que le causó descubrir ese artista “con referencias eruditas que desafían y con referencias tan actuales que pareciera que hubiera estado cenando con nuestro grupo de amigos la noche anterior.”

Esa misma sensación es la que causa en sus lectores, los miles que se identifican con su humor y siguen las Dosis Diarias que ya ha anunciado su final con viñetas en cuenta regresiva. En su blog y en distintos diarios y revistas de Latinoamérica hace juegos de palabras, interpreta dichos en forma literal y vuelca sus observaciones cínicas sobre la vida cotidiana. No le preocupa meterse con los temas más sagrados, como la sexualidad de Batman o la Iglesia, a la que critica con un ateísmo desenfrenado.

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Ante la pregunta clásica ¿Cómo te definís? Él piensa un instante y contesta.

-Es difícil etiquetarse. No soy un gran ilustrador. Soy correcto, logro transmitir una idea de la manera más cercana a la que yo quiero transmitir. Lo que ven en el dibujo es la suma de las incapacidades que tengo. No sé dibujar cuellos, no los dibujo, la cabeza va directamente al tronco. El color es el resultado de la búsqueda del proceso más fácil para conseguir un efecto rápido. Tampoco me salen bien los pies“.

Por involucrarse con la religión a través de los personajes de Dios y el Diablo, comenzó a recibir reclamos de ofendidos creyentes que llegaban para cuestionarlo.

-Creo que hay otra gente que hace humor como yo, sobre religión. Capaz no de manera tan sistemática y sostenida. Sería lo máximo que algún obispo me dijera que me quiere convertir, pero la Iglesia es una multinacional, no da pelota.

Explica que no busca los límites a propósito, sólo habla de los temas que le interesan, y se burla de los insultos, no todos entienden el sarcasmo. “En Caracas utilizan mis viñetas para llamar a curso de catequesis, me da miedo porque esa  gente es incapaz de analizar una metáfora”. Otros entienden, se sienten reflejados y se dedican al trolling, que es el deporte de los masoquistas.

Los trolls son comentaristas frecuentes que buscan llamar la atención y prefieren generar odio antes que indiferencia. Es posible encontrarlos en los medios online. Atacaban el blog de Montt hasta que le puso fin con una solución práctica: mantuvo sus dibujos de narices largas y aparente antagonismo, y eliminó los comentarios.

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 Se necesita de ciertos conocimientos o al menos contar con la edad suficiente para saber de que van algunos chistes. Tomarse el  trabajo de buscar en Google, o recortar una página para leer el mensaje escondido en ella.

-Cuando yo leía humor gráfico, los que más me gustaban eran los que yo recordaba muchos años después. También tiene un juego eso de que no todos sean entendibles enseguida, a mi me pasaba con chistes de Gary Larson. Y cuando lo entendía me sentía parte de un selecto grupo de gente, que eran en realidad muchos babosos.

Sí, dice baboso con total impunidad, como si fuera un personaje de los Simpsons doblado al español neutro.

Dealer de Humor

 Se mudó a los veintisiete a Santiago de Chile, buscando un cambio que terminó por odiar. La comodidad de trabajar en Quito lo aburría y le gustó la idea de empezar de cero desde el anonimato.  Fue un shock descubrir que no era nadie en esa ciudad pero a su vez, encontró un mercado que en Ecuador no existía, se dedicó a ilustrar libros infantiles y así consiguió  renombre.

Su sueño era dedicarse al humor gráfico, pero se sentía impotente cuando pensaba en hacer las historietas clásicas con desarrollo y remate. Hasta que un día olvidó sus pretensiones y dibujó, así llegaron las Dosis Diarias, las primeras publicadas el 20 de noviembre de 2006.

-Abrí un blog, lo hice para mí. Se lo presenté a tres amigos, estos le contaron a otros y a otros. Fue alucinante ver como las redes sociales terminaron siendo una cadena de distribución. No deja de sorprenderme que entren 50 mil personas por día. El blog que era un cajoncito de arena se convirtió en un megáfono.

A su vez, el efecto se multiplicó dentro y fuera de Chile. De esa forma, pudo imprimir el primer libro autogestionado en corto tiempo, algo que hubiera costado años de golpear puertas en las editoriales.

-Las redes sociales son esa herramienta  que todos vaticinaban, ese espacio común, ese funcionar como una sola cabeza. Y eso está buenísimo. A Twitter lo uso para enterarme, comunicar, divertirme y también como libreta de notas. Muchas de las ideas que tengo ahí, terminan en viñetas. Fue importante saltar la cadena tradicional de producción de contenidos, el público se convirtió en editor. No uso Facebook, pero de Twitter me gusta la inmediatez, lo efímero del comentario y la viralización.

Hoy sus libros se pueden encontrar en Chile, Colombia, Venezuela, España y México, entre otros países que celebran su llegada. También participa con sus viñetas en la revista Orsai. Haber publicado en Argentina, a través de Ediciones de la Flor fue como una especie de graduación, el fin de un círculo que comenzó en su pueblo, leyendo Mafalda. “Todo tuvo un sentido, y no habría llegado a ser sino por las redes sociales. Uno puede distribuir gratuitamente su trabajo, y esa es la manera en que se tiene que dar.”

Cree en el conocimiento compartido, pero con límites. “Yo tengo toda mi información en la web, si quieres agarrar y hacerte remeritas con mi información, a mí me encanta. Tengo problemas con que hagas remeritas y las vendas.” Por eso, publica bajo el sistema de licencias Creative Commons, que otorga ciertos permisos para usar sus trabajos  y se asocia al proyecto de Monoblock, que vende productos con sus dibujos, pero prefiere no ensuciar el blog con publicidad, que es el espacio en donde hace lo que más le gusta.

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Por falta de tiempo y cantidad de actividades que incluyó su paso por la televisión para CNN de Chile, abandonó la tinta, para dibujar con wacom, una tableta que le permite digitalizar el trabajo, aunque extrañe la sensación de celulosa comprimida y las acuarelas.

Quiero creer

Falta una hora para que despegue el avión y dos más para cruzar la cordillera y abrazar a su hija Laura a la que extraña cada vez que viaja y que borra las huellas del escéptico que suele ser.

Pero antes de partir hablamos de su enemistad con la religión, un tema recurrente en su humor. ¿En que cree una persona que no cree? No hay una historia oscura. No lo violaron de chico ni tuvo traumas que lo marcaran a fuego. Sus padres son religiosos moderados y nunca lo obligaron a seguir un camino determinado. “He conocido curas buenos, pero que son buenos seres humanos, no es que son buenos porque son curas. Si fuesen arquitectos serían buenos.”

Su interés es casi sociológico. “Yo siento que es un fenómeno social totalmente anacrónico y fuera de foco. Con un nivel de retraso para el mundo de doscientos años. Es una herramienta,  -si bien habrá algunos que ayuden- en general de manipulación absoluta, con una manga de cabecillas maquiavélicos, con sistemas de encubrimiento de los abusos, con una tergiversación de la emocionalidad humana tremenda. Y con que, con el único argumento de que hay un ser superior que dicta lo que tienen que hacer.”

Es demoledor, sus argumentos tienen la sedimentación de los años. No le abriría a Jesús aunque resucitara en su propia puerta. Tampoco cree en el más allá.

-No le veo un objetivo práctico a creer en la vida después de la muerte. Puede aliviar dolores, angustias, dar un sentido de vida pero se me hace tan poco probable que no le veo sentido a poner mi energía ahí. Hasta ahora lo más cercano a algo convincente es que se apaga la tele y chau.

Piensa que el mundo está lleno de números y cifras, acontecimientos y eventos, y que es el cerebro humano el que elige interpretar.  Habla sobre un libro de Humberto Eco que se llama “El Péndulo de Foucault” en el que una misma lista que para su protagonista esconde señales dedicadas a los templarios que buscan un cáliz, para la novia sólo es una lista de lavandería.

Dentro de su concepción, no hay experiencias sobrenaturales. Su mejor amigo murió en un choque brutal. “Yo recibí señales, presencias. Alguien que se sentaba en la cama, se prendía el equipo de música con la canción que a él le gustaba. Pero también, esa canción estaba ahí. Puede ser cualquier cosa, puede ser programación que yo haya hecho y que se me olvidó. Hay muchas más posibilidades de las que uno alcanza a ver.”

Dice que el cerebro humano es muy complejo y no sabemos cómo funciona, lo que sí sabemos es que tiende a asociar ideas que son inconexas y darles un significado. “Eso es lo que hago yo con los dibujos, lo que hace Terry Gillian con las películas y Kevin Johansen cuando hace música. Mezcla cosas inconexas para que otros las interpreten en base al conocimiento previo y se identifiquen. Lo encuentro súper válido.”

No niega que pueda existir algo más, pero es como la agente especial Scully de los Expedientes Secretos X: le cuesta creer. “Yo viví en un Ecuador súper mágico en donde la cultura indígena está muy presente. Yo ocupo palabras indígenas, para mí no es un charco, es una “cocha”, para mí no es mi hermana, es mi “ñaña”, cuando yo me quemo digo “array” o digo “achacay” cuando tengo frío. El sincretismo indígena es muy fuerte. Viví varios rituales indígenas y al final, cuando te das cuenta y metes un poco de cabeza, todas son coincidencias interpretadas. “

Se considera escéptico pero no imbécil, por eso defiende la medicina alopática antes que la homeopática, a la que acusa de placebo. Aunque a la medicina tradicional le faltan años de desarrollo para curar ciertas enfermedades como el cáncer, a la homeopatía le faltan muchos millones de años.

– Yo tengo mucho contacto con esa enfermedad: mi hermana tiene cáncer. Y se trata con homeopatía y con alopatía, pero cuando deja de tomar la homeopatía, sigue curándose, y cuando deja de tomar la alopatía, se jode.

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Habla de religión, de creencias, de enfermedades, de muerte. Y se ríe de todas las convenciones. ¿Tiene límites para el humor? ¿Cambió la manera de hacerlo en los últimos tiempos y hay más restricciones?

-Eso está en los ojos de quien lo hace, no del público. A mí mucha gente me dice: no hables de los veganos o de religión. Yo no haría chistes con gente que no puede modificar su estado…y a veces sí. Cuando me enteré de que mi hermana se enfermó, debo haber hecho tres o cuatro chistes de cáncer esa semana, con los que me reí con mi hermana, y hubo gente que me dijo “oye pelotudo, no hagas chistes con esto que es muy serio” Lo estoy haciendo para mí, para la gente que me importa y gente que está sufriendo. Y si a ti no te gusta, cámbiate de blog,  mala pata.

“El humor es un parachoque” dice, mientras lo observo con atención. Podría jurar que por un momento hubo un destello del diablo en su mirada, un personaje al que sospechosamente se parece demasiado.

Montt

Presentación del 27/12/12 en el Espacio Moebius del Patio del Liceo.

Charla de Alberto Montt con Liniers y Decur.

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